Monterrey.- Duele la muerte del abuelo. Cala hasta los huesos. Su sonrisa inefable, pícara, que ocultaba siempre una ingeniosa broma que nos contagiaba a todos. Así lo recordaré. Sonriendo. Su vida, como la de todos, fue un vaivén de experiencias, la ruleta del destino lo encarriló hacia múltiples escenarios, pero siempre, siempre quiso volver a su amada comarca lagunera y allí quedó, como la milenaria palmera, como los portentosos abetos que enmarcaron su infancia y adolescencia, fluyendo eternamente en el polvoso viento del rancho.
Labró la tierra, la fe, la esperanza, la pobreza, el desconcierto, la nostalgia, la incertidumbre, y siempre supo salir adelante para apoyar a la familia. Noble de corazón, hombre sencillo y sabio, después de todo la escuela de la vida es donde mejor se aprende. Duró más de 90 años conviviendo con nosotros y con sus semejantes en esta tierra árida, la cual hizo fructificar siempre. Sandías y melones de la laguna, qué delicia. Adiós patriarca allá nos veremos en el venturoso cielo para que nos cuentes los nuevos chistes con los que seguramente ya alegraste a Dios.