Monterrey.- Muere doña Cúspide ricachona y resuenan bombos y platillos desde la tierra hasta el cielo entre una lluvia de flores, un manto de hipocresía, y una falaz diplomacia. No hay llanto. Y la incineran, sin sus millones por supuesto, y guardan sus cenizas en una urna de ópalo negro, para después depositarla en un nicho de oro, en una de las iglesias más antiguas, sombrías, herrumbrosas y olvidadas de la ciudad.
Muere don Abismo pobretón y no hay una marejada de flores ni nada, salvo algunos ramitos hechos con hierbas robadas de los miserables jardines, una cruz de cal y apenas un paupérrimo cajón comprado por los vecinos. El musiquillo de barrio intenta alegrar con sus notas la tristísima escena, el barrio entero, marcha por entre las sucias y empedradas callejuelas, y más tarde, en el panteón, sólo se escuchan lamentos plañideros y el decadente y auténtico llanto de los deudos que entregan su corazón y comparten su desdicha.
Así las cosas. Mientras doña Angustias, con una punzada en el abdomen recuerda que no ha comido nada en todo el día, y niño con cáncer, sueña con un mecenas que pague su costosísimo tratamiento de quimioterapias; la vida sigue, o peor dicho, la muerte continúa. Y es fácil adivinar que en asuntos de sepelios y salud, también hay servicios de primera, segunda y tercera; sin embargo, doña Blanca no respeta a nadie y a todos se lleva por igual.