¡Oh, desilusión! El cacareado puente es solo una medio curveada tira de asfalto pintada de color verde exclusiva para bicicleteros, por un lado, y por el otro unos ramplones y grisáceos adoquines para los peatones. Aunque hay por allí unas plantitas y arbolitos sembrados en sendos maceteros de piedra, aquello dista mucho de ser un “puente verde”.
Hay también dos miradores con algunas sillas playeras para, quien guste, tomar una dosis calorífica del intenso y recalcitrante sol de Monterrey (aquí recordé a don Alfonso Reyes, pero nada que ver). Sillas playeras, sí. Alguna sombra natural o artificial, no. Mucho menos una fuentecilla con un chorrito de agua para refrescarse. ¡Qué absurdo!, ¿no?
En fin, creo que existen otros auténticos caminos verdes: Chipinque, La Estanzuela, el río Pilón y todos los que abundan en la parte bonita de la huasteca potosina. Creí que el susodicho “puente verde” era algo así, iluso de mí.
Una última pregunta capciosa. ¿Cuánto le costaría al erario la “monumental” obra?