Monterrey.- Le sienta bien su viudez. “Cuerpazo”, senos y nalgas turgentes todavía, ojos verdes, rubia platinada natural, 62 años, dos maridos, uno a tres metros bajo tierra, bueno lo que quede de él y el otro incinerado, en una urna grisácea, en la chimenea de su casota, una de las herencias que le dejó el segundo. Su “status” económico, ni se diga, dos jugosas pensiones que le permiten satisfacer sus más caros caprichos y la hacen inmensamente feliz diseñador exclusivo para sus “garras”, viajes a lugares afrodisiacos, los mejores manjares, carísimos tratamientos de belleza, “pedicure”, “manicure”, un coche último modelo, chofer a la puerta (un efebo musculoso con quien fornica de vez en cuando), una vida ociosa e infecunda, en fin, Grace es una de esas señoras que asisten asiduamente a cafés elegantes y mandan notitas a señores guapos y pudientes, aprovechando la efectiva mensajería del cuerpo de meseros.
Se llamaba Eutimia, como su abuela, tradición de los pueblos muy arraigada en México, pero se cambió ese horroroso nombre intentando olvidar el pozo de pobreza en el que vivía allá en el rancho y al que jamás pensaba volver. Se supo bella desde chiquilla y, magistralmente, supo aprovechar esa belleza natural que poseía para conquistar el mundo y lo hizo. Anda por ahí departiendo sonrisas y flirteos, siempre esplendorosa con sus exuberantes atuendos, para nada parece una viuda negra y va por el tercer marido. ¡Cuídense viejones cachondos adinerados…!