Monterrey.- No recuerdo bien cómo ni cuándo ocurrió mi primer encuentro con el maestro TIMOTEO L. HERNÁNDEZ, inventar una fecha o un evento, sería falsear el relato, pero de lo que si estoy cierto, es que fue mi amigo y benefactor y casi todo lo que soy se lo debo a él. Creo que Dios se valió del corazón, las palabras y las manos de Timoteo L. Hernández para hacer de un pobre niño y niño pobre, un hombre más o menos de bien.
Recién salí de la Normal, no conseguía trabajo. ARTURO ÁBREGO habló con el Director de Educación, Buenaventura Tijerina y recibí nombramiento para la Escuela Primaria de nueva creación “Club de Leones No. 7” en la Colonia Estrella, famosa por su inmensa cantidad de prostíbulos y sus calles polvorientas o lodosas, según la estación del año.
Mi Inspector fue un buen hombre, SERAFÍN GARCÍA DÁVILA, él me comisionó para que me capacitara en la línea psicológica y posteriormente replicara lo aprendido a los directores de la Zona Escolar No. 14, así me fui dando a conocer poco a poco. Vino otro inspector que luego fue mi padrino de casamiento, OSCAR GONZÁLEZ VALLE, el me propuso para que concursara en el Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Monterrey (ITESM) en la selección de dos maestros que irían a prepararse en la Universidad de Austin, Texas para impartir clases por televisión en un proyecto del ITESM, la Fundación Ford y la Dirección de Educación, yo fui uno de los dos seleccionados, María Luisa Tobías Castañeda fue la otra. Como el proyecto era todo un acontecimiento, el periódico más importante en aquellos años El Porvenir, nos dedicaba múltiples notas cada semana. El Director de Educación era el maestro Timoteo quien para ese entonces ya sabía que un “coyote” de Villaldama era el maestro varón que impartiría las clases de Ciencias Naturales por televisión (circuito cerrado, Canal 6 de Monterrey y los canales de Veracruz y Chihuahua de la cadena TIM), así se fueron dando nuestros encuentros reiterados, teniendo siempre sus palabras de aliento.
Al terminar el proyecto, el maestro Timoteo me envió a la secundaria No. 2 “Jesús M. Montemayor” dirigida por la insigne PETRITA TERÁN TOVAR, allí estuve sólo un año, por esos días la Normal “Miguel F. Martínez” se trasladó a su nuevo edificio en Gregorio Torres Quintero y Constitución Oriente, allí, fui a impartir clases de Historia de Nuevo León y Psicología invitado por mi padrino Oscar González Valle, recién nombrado director de la escuela.
Eran días de desasosiego estudiantil, yo trabajaba en el turno matutino en la escuela “Melitón Villarreal” anexa al ITESM, una escuela creada por el Ingeniero JUAN ANTONIO GONZÁLEZ ARÉCHIGA y mi cuasi mamá ETELVINA TORRES ARCEO para inscribir a muchachos con ganas de aprender; esta situación me dio la oportunidad de experimentar con los adolescentes un proyecto de Orientación Educativa y Vocacional, que materialicé en una ponencia que imprimí en mimeógrafo y la llevé al III Congreso Mundial de Orientación Vocacional que se realizó en la UNAM. Mi ponencia fue muy aplaudida, tanto que la Editorial Trillas se interesó en ella, y ahí fue donde entró una vez más el maestro Timoteo, quien tenía gran amistad con don Francisco Trillas que además era editor de sus obras de Historia y de Geografía de Nuevo León. Gracias al maestro Timoteo, la obra fue editada en menos de cinco meses y me convertí en el autor pionero del tema en todo el país, pero eso no es todo, casi al mismo tiempo que me impulsaba como autor nacional, me llevó como Sub Director de los Cursos Intensivos de la Normal Superior que el iba a dirigir. Como Sub Director de los Cursos Regulares llevó a mi compañero, amigo e ilustre maestro Germán Cisneros Farías. Circunstancias de aquellos días hicieron que ellos no concluyeran su periodo, yo tuve la fortuna de concluir en 1974 exitosamente mi gestión bajo la Dirección de Serafín García Dávila.
Del maestro Timoteo, fui más allá un simple empleado, siempre recibí un trato especial, conviví en su huerta de Aramberri, compartí sus alimentos en la casa de la Colonia Roma, pasé largas horas en su Librería del Maestro, me bañé en la alberca de su casa en San Pedro, disfruté la sombra de los nogales de su casita en Santa Fe, recibí sus permanentes clases de historia y geografía de Nuevo León y estuve pendiente de su salud hasta el día que murió.
Meses antes, cuando aún conservaba su vigor físico, recibí una tremenda impresión que jamás se me olvidará, conversaba con él y su esposa en la tienda Gigante, cuando empezó a regañar al guardia de seguridad porque advirtió un error ortográfico en la portada de un libro que estaba a la venta en una góndola en la entrada de la tienda. “La güera” como le decíamos cariñosamente a su esposa, con la ternura que siempre lo trató, suavizó la situación y le dijo “Mira, hijo, el profesor Vidales te vino a saludar”. ¡Ya no me conoció! La diabetes había avanzado a más, su salud estaba francamente deteriorada y aunque su fortaleza física lo dibujaba con aquella enormidad de cuerpo, el final estaba cerca.
Su salud fue a menos, estuve con él unos dos días antes de su deceso, en la clínica de los maestros, allí estaba mi amigo, mi protector, mi guía, medido por un cama, empequeñecido en sus carnes y en su huesos, insertado en un mundo que ya no era este, reía como un niño y su alimentación era apenas la de un bebé. Esa fue la última vez que saludé a “La güera”, esa fue la imagen final que se quedó en mi mente, de un hombre al que prácticamente le debo todo lo que soy: Timoteo L. Hernández.
* Profr. Timoteo L. Hernández (izq.), Ismael (centro) don Luis M. Farías, gobernador de Nuevo León.