Monterrey.- Teníamos veintitantos. Éramos pobres, éramos fuertes, éramos soñadores, éramos aventureros. Mi compañera Rosy se oponía a cruzar el Atlántico como mochileros y gastar un dinero ahorrado con mucho esfuerzo y que podría servir para dar el enganche de una casita. Al fin la convencí. Mty, Houston, Nueva York, saltamos de sur a norte EU en vuelos nocturnos con precios bajos por enlistarnos en los mostradores como viajeros stand-by.
Aterrizamos en Heathrow, Londres, y de allí empezamos a recorrer media Europa de puro aventón, genial, maravilloso, qué inolvidables paisajes. En Venecia hicimos cuentas, los centavos ya no daban margen para seguir el safari por aquella Italia de los 80. Recordé que tenía un amigo en Fabriano. Tratando de obtener hospedaje gratis tomamos un tren que recorrió el litoral del Adriático.
Al llegar al depa del amigo una vecina nos dijo que el pelirrojo se había marchado a Egipto. Ni hablar. Otro tren a Roma, de allí tomaríamos un vuelo y listo, de regreso en México. Un plan perfecto. Ya ves, mi amor, todo acá es más fácil, no te preocupes, decía yo a una Rosy nerviosa que veía bajar nuestro capital de viajeros chileros.
En Roma localizamos una agencia de viajes para gente como nosotros, había filas de chavos gringos con mochila al hombro y muy bajo presupuesto. El lugar estaba atestado. El vuelo a México más próximo y barato salía diez días después, todas las demás opciones costaban lo doble o triple. Imposible. Nos metimos en un hotelucho de putas a esperar que pasaran los diez días.
Racionamos los recursos. Dábamos una sola comida al día. Nuestra dieta consistía en una rebanada de pizza fría y chocolatines, pasados por el gaznate con mucha agua de las fuentes romanas. Nos echamos a leer todo el día en el cuarto. Yo volví a releer completa Cien años de Soledad. La debilidad me provocaba mucho sueño. Deliraba con los Buendía. En mi personal Macondo no tenía hambre, ni calor, ni debilidad, ni desesperanza, mi cabeza se llenó de mucha música del genio colombiano.
Nuestras salidas en la ciudad milenaria se redujeron exclusivamente a ir con Paolo, el agente de viajes, a preguntarle si por casualidad había algún vuelo más cercano. Nada. Volvíamos a encerrarnos en nuestra cuarentena, a escuchar los pujidos placenteros en los cuartos vecinos. La pobreza es una enfermedad que desata la violencia. Lidiamos contra sus malas influencias con buen humor y pláticas con las chicas del trabajo sexual, la mejor literatura.
Al fin logramos asientos en un Aeroflot que nos dio una larga vuelta por medio globo antes de alcanzar Ciudad de México. En el vuelo de la línea soviética nos dieron de comer a llenar, hasta caviar probamos con harta champaña. Recuperamos fuerzas, energía, pasión por las aventuras. Desde aquello ya no he vuelto a leer Cien años de soledad. No puedo. Esa obra del gran García Márquez siempre me hace llorar. By the way...desde entonces apoyo religiosamente las medidas económicas de Rosy: primero lo primero, al igual que AMLO. Aunque duelan. Ya vendrán tiempos mejores. Adieu.