PEREZ17102022

Morir joven en la frontera norte
José Cruz Ojeda*

La maldición de Sísifo rueda hacia Tamaulipas
¿Luego Nuevo León u otra entidad?


Monterrey.- Entre los días 26 de febrero y 3 de marzo, ocurrieron hechos que nos siguen cimbrando: la masacre de jóvenes locales de Nuevo Laredo por una patrulla de la Guardia Nacional; luego, el secuestro de 4 ciudadanos estadounidenses en Matamoros, Tamaulipas, donde fallecieron 2 y otros dos sobrevivieron; y en el fuego cruzado una chica mexicana recibió un balazo mortal. Cadena de sucesos que instala de nuevo la cuestión de qué hacer con los jóvenes y sus vínculos con el crimen organizado y no organizado, desde la política pública y el papel de las instituciones.

Pasan los años, igual las administraciones públicas, y la piedra enorme de la violencias vuelve a rodar cuesta abajo, donde nuevamente los Sísifos mexicanos suben la empinada pendiente con semejante carga. Así, periodo tras periodo, el castigo sigue sin que conjuremos el fin de esta maldición circular, continua, permanente y que crece en peso con acentuación e interconexión de las violencias interpersonales, sociales, criminales, expresiones que explotan frente a nosotros. Un día sí y el otro también, vuelve la gran roca a caer con todo su peso sobre el panorama nacional.

Lamentablemente el debate no mejora, siempre es más visible el discurso de la demagogia punitiva que deriva en más estigmatización, leyes de mayor penalización en encarcelamiento para viejos y nuevos delitos y en acciones de supuesta mano dura (por ejemplo, la “Guerra contra el narcotráfico” de Felipe Calderón, que hoy finalmente sabemos que ello fue una fachada para proteger los intereses del Cártel de Sinaloa y facilitar la expansión de sus empresas criminales), que en vez de frenar y acotar los fenómenos de violencia, por el contrario, los expande y los diversifica. Hoy, frente a la tragedia de Matamoros, los halcones estadounidenses demandan expediciones punitivas contra los cárteles mexicanos. Nuestros desmemoriados vecinos no recuerdan la antigua persecución contra Pancho Villa (1916-17), o la más reciente intervención norteamericana en Afganistán (2001-2021), que terminaron en sonoros fracasos, pues no cumplieron con sus objetivos; más de 100 años de nulo aprendizaje. Me parece que habrá que pensar más en la cooperación que en el conflicto e incluir en el debate las estrategias de inclusión social que con una perspectiva de focalización juvenil logre acciones más eficientes contra la epidemia de violencia que envuelve y ahoga al país.

Mi trabajo profesional me ha llevado a trabajar en Coahuila, Nuevo León (lugar de nacimiento, formación y residencia) y Tamaulipas, especialmente en la frontera, y es así que a finales del siglo XX pude trabajar con jóvenes populares de Matamoros (en aquel entonces su máxima aspiración era ser “narco” o “policía federal”). Actualmente, viendo la célula que atacó a los estadounidenses, se puede deducir que sectores de las nuevas generaciones continúan buscando ese sueño de enriquecimiento rápido por la vía de la criminalidad, pero su carácter de “desechables” no se pierde, nada más observen a los 5 sicarios de la facción de “Los Escorpión”, que fueron entregados a la justicia por sus “patrones” debido a su “indisciplina”, y no por su atroz crimen; quizá con este acto pretenden los “jefes” del Cártel del Golfo limpiar su “reputación”. Puro surrealismo mexicano.

De cara a estos sucesos, y otros más, habría que preguntarnos:

¿Qué se ha hecho y qué falta por hacer en materia de acotar el involucramiento de los jóvenes con las violencias sociales y criminales? ¿Qué hacer para transformar situaciones de desventaja en procesos de empoderamiento juvenil?

Podría profundizar sobre Nuevo León y Tamaulipas, pero me centraré en lo nacional. Tampoco me iré muy atrás en el tiempo y analizaré en lo general los programas estrellas de “Todos Somos Juárez”, en Chihuahua por Felipe Calderón, y los Macro-Murales de Peña Nieto; rápidamente diré que la “receta” chihuahuense no prosperó. Me quedo con el balance de la activista Teresa Almada: “El problema es que hay miles de adolescentes fuera del sistema educativo y que (los proyectos) son más para los jóvenes integrados, que para los excluidos... Todos los adolescentes que participan en pandillas... requieren de otro tipo de intervención... Resulta paradójico que temas enfocados a rescatar a los adolescentes y jóvenes sean ajenos al programa Todos Somos Juárez, cuando este fue diseñado después de la matanza de 15 estudiantes... Este programa fue hecho al vapor”. La fórmula de Peña Nieto tuvo más réplicas por el territorio nacional, especialmente en ciudades; en Monterrey podemos ver su aplicación de los Macro-Murales en la Loma Larga, en la sección de la colonia Independencia y también en las laderas del Cerro de la Campana. Pero vayámonos al origen y recuperemos la voz de los habitantes donde se desarrolló la experiencia piloto en los asentamientos de los cerros de Palmitos y Cubitos en Pachuca, Hidalgo, donde 10 artistas urbanos de Ciudad Nezahualcóyotl, con la ayuda de 40 jóvenes de los mismos barrios, pintaron aproximadamente 660 casas y 40 mil metros cuadrados de superficie, que según medios nacionales le convierte en “el macromural más grande del mundo”. La opinión de los vecinos de Palmitas-Cubitos, a contracorriente de los patrocinadores, señala que: “Solo se ve bonito, hay más luz y se ve vivo el lugar, pero todo está como antes, siguen robando y se ven cosas feas por aquí. No nos ha beneficiado en ese sentido”. En resumen, la matanza de 15 preparatorianos en Villas de Salvárcar y la desaparición forzada de 43 estudiantes normalistas de Ayotzinapa, marcan e ilustran el fracaso en materia de juventudes de los sexenios comprendidos entre 2006 y 2018, quedando evidente la ausencia de una estrategia de protección, inclusión y empoderamiento juvenil en estas administraciones.

Mucha sangre, dolor y atrocidades ha pasado por la vida nacional en todos estos años del siglo XXI; sin embargo, seguimos atorados con los fenómenos de inseguridad y violencia, pues carecemos de brújulas y capacidades conceptuales, éticas y socio-institucionales necesarias para salir de esta gran encrucijada. Lo anterior supera mi talento y el alcance de este texto, por ello solamente me abocaré a mencionar lo siguiente: que desde 2012 se viene estableciendo un nexo entre juventud y genocidio, y desde el 2018 un equipo de investigadores latinoamericanos, encabezados por El Colegio de la Frontera Norte vienen impartiendo el Diplomado en Juvenicidio y Vidas Precarias en América Latina, debido a la emergencia de un cuadro de dinámicas que han propiciado que la causa principal de muerte de los jóvenes sea la violencia homicida que ocurre en el subcontinente, desde Brasil, con el genocidio de afrodescendientes, el exterminio de los “falsos positivos” colombianos, la persecución y encarcelamientos masivos de los integrantes de las bandas juveniles, conocidos como las “marasalvatruchas” en Centroamérica, hasta en México, donde se ha ido incubando una generación de jóvenes desechables que desde la violencia criminal y estructural han provocado que, por primera vez desde la rebelión civil que conocemos como “Revolución Mexicana”, la esperanza de vida haya bajado de 75 a 71 años. Lo que me queda claro es que, en el caso mexicano, si no incorporamos el concepto de juvenicidio en la lectura y en el diseño de las políticas públicas juveniles, todo esfuerzo quedará truncado para establecer soluciones estratégicas y efectivas.

Por eso el programa emblemático de Jóvenes Construyendo el Futuro del actual sexenio quedará a medio camino para su éxito, porque está sustentado en una solución burocrática anquilosada en la añeja práctica de “dar becas”, sin proporcionar la orientación socio-pedagógica ni el seguimiento necesario y suficiente para el desarrollo de talentos de los jóvenes que viven en los circuitos de “los desechables”, en clanes familiares disfuncionales, en barrios estigmatizados socialmente, o son parte de los “desertores” o “zombis” de la estructura escolar. Programa que habrá que reformular para darle bases sólidas para una atención local, comunitaria y en conexión funcional con las redes de micronegocios a nivel de barrio o regional, con contratos educativos específicos.

Nuevo León y Tamaulipas están atrapados en sus propias inercias, pues carecen de una filosofía de actuación para esta problemática; y los pocos o muchos recursos que se tienen están empantanados en los laberintos de las burocracias, unos buscando las soluciones que se crean en Jalisco y el otro sopesando lo que hacen en CDMX. Viendo más hacia fuera de la entidad que observando el interior del territorio estatal, donde se gestan sus debilidades, pero también sus fortalezas. Esto me lleva a las conclusiones que hicimos un grupo de educadores y promotores sociales del norte y sur de México, que nos reunimos en Monterrey, en el contexto del XVII Congreso Mundial de Criminología, en agosto de 2014, en un evento que organizamos con la UANL y el Consejo Ciudadano de Seguridad Pública de Nuevo León y que denominamos “Jóvenes mexicanos enfrentando la violencia”, y que me parece que los mismos tienen vigencia; de la declaración emitida, destacamos tres planteamientos, de una relación de 10:

“3. Que creemos que la lucha por restablecer la seguridad ciudadana no debe sustentarse en el uso predominante de la fuerza de los cuerpos policiales y militares, y que en este esfuerzo será estratégico la reconstrucción del tejido social y el restablecimiento de los lazos comunitarios en donde el joven y sus agrupaciones, bandas, pandillas y tribus urbanas, pueden ser los protagonistas centrales de acciones de regeneración socio-urbana, de desarrollo comunitario y de convivencia social libre de violencias... “4. Que requerimos de nuevas opciones educativas más allá de la experiencia escolar, que en México el sistema educativo ha dado muestras de incapacidad para innovar y atender al diferente, al rebelde y al que no entiende el sentido de estar sentado frente a un pizarrón y frente a ‘una cabeza parlante’. Se necesita de otras opciones no convencionales, no formales, que nos permitan alcanzar niveles de escolaridad por otras vías, recursos y espacios, y que estos faciliten la vinculación productiva con los mercados de trabajo... “7. Que en sí requerimos de políticas y programas que conviertan la acción pública y la acción ciudadana en un verdadero laboratorio de inserción social de los jóvenes y sus comunidades, un organismo que una la diversidad y oriente de manera sostenible y a largo plazo la construcción de una estructura de servicios especializados para los niños y jóvenes que no han encontrado oportunidades por los medios y espacios convencionales...”

La verdad, exorcizar el fin de la maldición de los Sísifos mexicanos nos llevará uno o varios sexenios. ¿O cuál será el verdadero maleficio que nos impide avanzar?

* Asesor de ONGs locales y profesor universitario en ciencias sociales.