Algo por lo cual Paty fue ampliamente conocida en el ambiente literario de la ciudad se debió a sus diversos y constantes talleres literarios de cuento corto que con generosidad manejaba. En ellos se afanaba en ayudar a sus talleristas a encontrar una genuina voz interior que les permitiera contarse –y contarnos– historias que le dieran sentido al ser y a la cotidianidad. Varias frases de Paty no dejan de resonar en mí, como aquella que rezaba: “Sin verdadera valentía no puede escribirse un cuento que valga la pena”, y por lo mismo había que tener los arrestos de mirarse al espejo, con el consecuente riesgo de que nuestros demonios nos escupieran a la cara, lo cual no me parece tan catastrófico, así como aquella, y la más recurrente: ”Todas las realidades son literarias, todas; no importa si se trata de un tipo amargado sacando fotocopias mientras mira el paso furtivo de una cucaracha, en total soledad”. De todo ello bien podía surgir un cuento: bastaban la mencionada valentía y hablar con la verdad, pero también nos dejaba claro que no buscaba hacer de nosotros connotados literatos o profesionales de la ficción escrita, sino, a través de nuestra relación con la literatura, volvernos seres humanos un poco más plenos, y no pasaba nada si alguno de nuestros trabajos, por bueno que lo consideráramos, no lograba nunca ver la luz, por no pasar los filtros críticos y editoriales correspondientes, ya que bastaba con que nos alimentara espiritualmente, que hubiésemos conseguido ver alguna parte de nuestra esencia en ese texto.
Las críticas que más me entusiasmaba recibir de su parte, después de darle oportunidad a los compañeros de opinar sobre el cuento en turno, no eran las sinceras felicitaciones (habré recibido de su parte a lo sumo dos o acaso tres, durante los años que acudí a su entrañable taller) y desde luego que tampoco las para mí dolorosas como: “No le entendí” (y vaya que recibí unas cuantas), sino aquellas como: “Estabas germinando un cuento lindo, pero se te escapó”, o la clásica: “Pintaba bien, pero no supiste cómo cerrarlo: de todas maneras no lo sueltes; trabájalo dentro de unas semanas, para que lo dejes respirar, y tráelo de nuevo”.
Paty insistía respecto a que al cerebro humano le encanta que le cuenten historias, ya que somos seres esencialmente narrativos y es algo con lo que todos nos enganchamos desde la más tierna infancia, por lo que para estimular la capacidad creativa, no solamente nos pedía llevar un cuento nuevo, ya fuese cada semana o quincena, según la modalidad del taller, siguiendo una temática o, bien, alguna idea o concepto contundente: un cuento sobre la esperanza; luego uno sobre la ira; sobre el desamor; sobre la injusticia; sobre la soledad; nuestra ciudad, etcétera, y claro que nos recomendaba leer una serie de narraciones breves de autores diversos, de cuya selección ella se encargaba de llevar a cabo antes de la apertura de cada taller, donde buscaba ser ad-hoc a determinada filosofía que en él buscaba.
Algo que de manera especial recuerdo eran sus ejercicios introspectivos, a los que luego yo denominé “meditaciones creativas”, y que potenciaban la imaginación. Consistían en cerrar los ojos y, guiados por ella, bajar poco a poco a cuatro reinos que pueblan nuestra imaginación, alimentados por la memoria. Nos pedía dar forma a determinados personajes, para ponerlos a interactuar con los personajes que los más reconocidos autores de ficción nos han legado a lo largo del tiempo y así saber si había algo de posibilidades para ellos. Eso a la postre me haría pensar mucho en la llamada “Inmateria”, del gran Allan Moore, con su célebre creación “Promethea”, una suerte de mundo alterno habitado por todos los personajes concebidos por la imaginación del ser humano y que influye de manera esquiva y a la vez poderosa en nuestro actuar. Siempre le he agradecido esa invaluable orientación: lo malo es que, pretextando la cotidianidad enajenante, no lo pongo en práctica como quisiera. Por ello persisten en mí sus consejos más incisivos: “Escribe y escribe, porque luego se seca la pluma, no importa cuánto deseches”; “Anótalo de inmediato, porque luego se te olvida y se lo perderá el mundo” o, uno importante: “Antes de saber que escribes algo que valga la pena, debes de saber que primero debe destaparse la cañería: así que sácalo todo, deja pasar la mugre”. Eso también tiene una enseñanza subyacente: la humildad. Uno no puede ser un verdadero creador sin enormes dosis de humildad: si se escribe bajo el supuesto de que esa obra será una maravilla, hay aplastantes posibilidades de que el resultado sea malo, porque –me parece– de lo que se trata es de compartir nuestra esencia, no nuestro ego: hay que dejar atrás a ese niño inseguro y necesitado de aplausos.
La obra de Paty, sus novelas y sus cuentos, son quizá un canto a la mujer, tanto a ella misma como a su madre, sus hermanas, su hija, sus sobrinas y sus entrañables amigas. A la mujer mexicana, sobre todo. En la primera novela que publicó hay una tremenda inmersión en la mujer amante, la amante entregada y que luego reflexiona sobre su propia condición; en la segunda hay una oda a la madre, la madre protectora, valiente y cabrona. Por último, una apología a la amistad entre las mujeres, que arroja una complicidad que los hombres nunca lograremos comprender, a pesar de los estereotipos que alimentamos al respecto.
En varios de los talleres fui compañero de una de sus sobrinas, una joven talentosa, desinhibida, de fácil sonrisa, brillante hermosura y mirada cómplice con la cual congenié de inmediato, pero después de aproximadamente un año decidió –algo muy sano, por cierto– irse de Monterrey, por lo que, al saber que su partida era pronta, hice algo nada común en mí: fui a casa de Paty, un viernes al salir del trabajo, y me presenté sin más. Esto debido a que en pleno tráfico decidí cambiar de rumbo. Aunque extrañada de verme ahí –era obvio–, con una sincera sonrisa me invitó a pasar y apuré la justificación: “Vine a despedirme de ella”. Me miró de una manera que yo interpreté como aprobatoria, pero que la vez me decía: “cabrón”; amplió aún más esa sonrisa suya, me invitó a la mesa, indicó que había cervezas en el refrigerador y propició la charla, una charla libre de literatura, abocada a la vida, pero que terminó volviendo al mundo de las letras. “Ella no tarda: le va a dar gusto verte”.
Después de un par de talleres adicionales, de manera silenciosa nos dejó ir a varios: quiero pensar que nos consideró aptos para otras atmósferas o que nos convenía cambiar de entorno, ya que la creación a veces es así. Me dolió un poco no “tallerear” más con ella: la extrañaba, pero un par de años después recibí una llamada de la Directora del Fondo Editorial de Nuevo León, donde me dijo algo como: “Vamos a hacer la presentación, en la Feria Internacional del Libro. Se trata de ‘El Circo de la Soledad’, de Patricia Laurent Kullick: la autora nos solicita que usted sea uno de los panelistas y presente un texto sobre la novela, si está de acuerdo”. Como acto reflejo respondí que sí. Ya en la FIL, cuando llegó, acompañada de varios de sus amigos escritores, y me vio sentado ante el lugar que llevaba mi nombre, atolondrado por los nervios, se apresuró a darme un afectuoso abrazo y por lo bajo le comenté: “Gracias por haberme hecho escribir”. Espero en bien que le haya gustado que se lo dijera. Fue la última vez que la vi.
Continué conversando, vía Whatsapp, con su inteligente y hermosa sobrina. Escapé de nuevo de mis apretadas costumbres personales y le confesé que ella me encantaba: me había cautivado por completo, pero que en su momento omití decírselo por varias razones: por respeto a Paty, ella tenía novio y yo apenas me estaba separando. Después del infaltable silencio, sólo respondió: “Híjole: ¿por qué son así los hombres?”. Fue gracias a ella, quien incluso terminó viviendo con Paty en el siempre esquivo –para mí– Caribe mexicano (logró felizmente marcharse del cada vez más corrosivo Monterrey) que me enteré de primera mano del fallecimiento del esposo de nuestra escritora, de lo mucho que ello le afectó, de cómo fue minando su salud y finalmente de cómo lamentablemente la perdimos, lo cual acaeció el pasado dos de noviembre, y no creo que la fecha haya sido casual. Ella siempre apuntaba acerca del peso que sobre nosotros tiene el simbolismo y de lo kármico (como ella decía) que tenían ciertos conceptos. De lo difícil que era para todos nosotros lidiar con ello.
La gratitud y la admiración toman verdaderos relieves con el transcurso del tiempo, y eso es doloroso, pero también necesario. Me hubiera encantado decirle de viva voz lo mucho que le agradezco, así, con toda claridad.
Espero que de todas maneras lo supiera.