GOMEZ12102020

Recuerdo navideño de mi amigo Monseñor Juan José Hinojosa
Eloy Garza González

Monterrey.- Hace años un familiar mío se enfermó gravemente. Uno se queda impotente ante semejante revés. Por aquellos días, salí a caminar. No pensaba en nada, sólo en caminar. Seguí el paseo de calzada San Pedro. Miré los árboles: arrayanes y mezquites. Las sombras que se alargaban por el pasto. La banca donde platiqué por última vez con mi tío. Un bebedero donde sació su sed un compadre muy querido por mí, días antes de morir de un infarto. Cada trozo de pasado agolpado en mi memoria. Una sensación de irrealidad.

     La casualidad, el inconsciente, el destino, me llevaron al atrio del Santuario de Nuestra Señora de Fátima. Bajo los escalones, estaba un cura flaco, enjuto, de lentes grandes. Le pregunté si podíamos platicar. Dijo que sí. Cuando la tensión se ensaña en cuerpo y alma, lo que uno busca es un instante de paz: nuestra ración de eternidad.

     Fue el principio de una buena amistad. Solía visitarlo. Un día dejé de hacerlo. ¿Por qué? Hay cosas de las que uno se arrepiente. Este cura era un hombre justo. Detrás de su jovialidad ocultaba una voluntad rigurosa. Era exégeta de la Biblia; habrá quién diga que el más profundo de estas tierras. No lo sé. Lo cierto es que me agradaba conversar con ese hombre, no sólo con el ministro de Dios.

     Monseñor Juan José Hinojosa fue capellán de la Catedral Metropolitana, director espiritual del Seminario de Monterrey, Párroco en la Parroquia de Cristo, el Buen Pastor y finalmente párroco de Fátima que fue donde lo conocí. Cuentan que tenía el don de la sanación. Conmigo la utilizó al menos en el terreno espiritual. Aún sigo viviendo sus beneficios.

     Hace unos años, el 18 de junio del 2015, me enteré que Monseñor Juan José Hinojosa había sufrido un accidente: una camioneta cayó encima de su carro, de un carril superior. Agonizó varias semanas. Hasta que murió.

     Ayer, de madrugada, salí a caminar a calzada San Pedro. Esta fue mi última acción navideña estaba la banca donde platiqué por última vez con mi tío; el bebedero donde sació su sed mi compadre ahora difunto.

     Terminé en las escaleras del atrio de la iglesia de Fátima. No veré más al cura flaco, enjuto, de lentes grandes. No pude platicar más con él. Espero hacerlo pronto. O más tarde. O algún día. Y recobrar, brevemente, aquella ración de eternidad.