GOMEZ12102020

Sonríe, te estamos grabando
Asael Sepúlveda

“El hombre busca y crea los peligros
que teme al mismo tiempo.”

Karl von Clausewitz, De la Guerra

Monterrey.- George Orwell profetizó en 1949 que la humanidad, para 1984, viviría bajo el control absoluto de un sistema que lo vigilaría de manera constante y lo controlaría hasta en sus pensamientos.

A la llegada de 1984, la empresa Apple, creadora del iPhone y responsable de popularizar las pantallas táctiles, se presentó en el SuperBowl, el evento televisivo de más rating, como libertador del ser humano en contra del Estado vigilante.

Mientras trabajadores apáticos y sin voluntad escuchaban el discurso del Big Brother, entraba una corredora perseguida por la policía del pensamiento. Llevaba en sus manos un mazo, que arrojaba contra la pantalla del Big Brother para hacerla pedazos. Con ello, los humanos apáticos despertaban, mientras se oía una voz en off que prometía que gracias a Apple, 1984 no sería como el 1984 de Orwell.

A casi 40 años de distancia de tan ingenioso comercial televisivo, el sistema vigilante no sólo se ha metido literalmente hasta la cocina, sino que lo ha hecho con la complacencia de los humanos. Hoy en día, nuestro teléfono celular sabe más de nosotros que nosotros mismos. Registra celosamente nuestros movimientos y hasta nos ofrece un resumen de los lugares en donde hemos estado durante el día.

Guarda en su memoria los números telefónicos que antes nosotros podíamos recitar de corrido. Guarda nuestro estado de salud, nuestros números de cuenta bancarios y escucha con cuidado nuestras conversaciones, para mandarnos publicidad focalizada hacia nuestros intereses.

Más aún, se trata ya no sólo de la publicidad de bienes y servicios, sino de ideologías y de partidos, de políticos y de líderes. Su mayor fortaleza es nuestra ayuda minuciosa para que esté siempre cerca de nosotros. ¿Cuántos nos hemos regresado a casa o a la oficina para recuperar el celular que habíamos olvidado?

Con nuestra complacencia y hasta con nuestra satisfacción, nuestro teléfono celular tiene registro de rostro, huella digital, claves bancarias y de internet. El estado vigilante de Orwell se quedó corto. No necesita pagar una policía del pensamiento. Nosotros la pagamos y hasta hacemos sacrificios para comprar el último iPhone, el último Android y de pilón, para tener a la siempre vigilante Alexa de Amazon, lista para decirnos la hora y la tempertura, contarnos un chiste, ponernos música y por supuesto, escuchar todo lo que hacemos para vender nuestro perfil a mercaderes de bienes, servicios e ideologías.

Hasta hace muy poco, dábamos por supuesto que si alguien quería tomarnos una foto, debía pedirnos permiso. Hoy ya no es así. En la calles, en los edificios, en los centros comerciales y en nuestras casas, hay un sistema digital que nos vigila 24 horas al día, nos escucha, nos videograba, nos interpreta y genera perfiles para el lucro.

El estado vigilante somos todos, con la diferencia de que los dueños de las bases de datos son quienes se benefician al final del día de todo ello. Nosotros, quienes nos encargamos de nuestra propia vigilancia cargando nuestros celulares y dialogando con Alexa o con Google, sólo somos empleados sin salario del gigantesco sistema de vigilancia que Orwell anticipó en 1949, mediante su novela llamada 1984. Salud.