GOMEZ12102020

Tecnología para la cobardía
Asael Sepúlveda

Monterrey.- Fue durante la primera guerra del Golfo, librada por Estados Unidos contra Irak al principio de la década de noventas, que se popularizaron las primeras imágenes de videos tomados a gran altura, mostrando bombas y cohetes haciendo blanco en las filas enemigas.

Los soldados que disparaban esas armas no estaban concientes de cuántos seres humanos estaban matando, ni sabían si eran militares o civiles. Sólo sabían lo que sus superiores les informaban.

A lo largo de casi toda la historia de la humanidad, los soldados veían a sus enemigos de cerca, lo cual era necesario para poder combatir. Matar a distancia, por algún tiempo, se consideró un acto de alevosía. En la tradición francesa, Roldán, Par de Francia, herido por una flecha en la batalla de Roncesvalles, exclama, con su último aliento: “Maldito sea el cobarde que inventó armas capaces de matar a distancia”. Un distancia que, en el caso de la flecha, no era mucha, pero que sí era suficiente para poner al enemigo fuera del alcance de la espada.

La tecnología de nuestros días ha desarrollado armas capaces de sembrar la muerte a cientos, si no es que a miles de kilómetros de distancia. De esa manera, desde el Pentágono, desde el Kremlin o desde Beijing, lo altos jerarcas militares pueden ordenar ataques contra personas que jamás verán y que no cargarán en sus conciencias, porque serán sólo números y no seres humanos.

En una interesante obra llamada La pérdida de la supremacía militar, Andrei Martyanov hace un comparativo de cómo viven la guerra quienes la han tenido en casa, y cómo la viven quienes sólo mandan ejércitos a países lejanos, como ha sido el caso de Estados Unidos, que a excepción de la Guerra de Secesión, nunca ha tenido este tipo de fuego dentro de su casa.

De acuerdo con Martyanov, esto les permite crear un ambiente de apoyo y admiración hacia quienes se enlistan para ir a a la guerra a tierras lejanas.

En cambio, prosigue el autor, para los europeos, los asiáticos y los africanos, la guerra tiene una dimensión de horror y tragedia que sólo conocen quienes la han vivido en carne propia. Saben que en la guerra, los soldados enemigos siempre tendrán la posibilidad de llegar hasta sus casas, matar a sus familias, violar a sus mujeres y apodarse de su comida. Esta una dimensión de la guerra que no entra en la imaginación norteamericana, porque nunca la han vivido.

Para ellos es inimaginable vivir en una ciudad sitiada por meses, sin comida, sin agua potable, sin medicinas y con un costo, como nos informan los historiadores, de hasta dos millones de muertos, que costó la batalla de Stalingrado, por citar sólo un caso.

Así, con la guerra lejos de casa, un país que participa en ella a distancia, puede imaginar héroes asépticos, a salvo del horror y del salvajismo de las batallas.

Para conocer lo terrible de la guerra, más allá de la versión maquillada de los gobiernos, fue muy importante la cobertura fotográfica de la guerra de Viet Nam, que ocasionó protestas multitudinarias alrededor del mundo y un movimiento gigantesco en favor de la paz.

Cuando estaba por iniciar la guerra del Golfo, en la década de los noventas, había gran expectación, pues se decía que sería la primera guerra cubierta en vivo por la televisión. Esa fantasía terminó en cuanto los equipos de televisión desembarcaron en Irak. No se les permitió el paso y los úncios videos que tenían se los proporcionaba el Ejército Con un apego a la libertad de expresión, que buena falta hace en nuestros días, todas las cadenas norteamericanas, cuando transmitían las imágenes, ponían en pantalla un texto que advertía que era un VIDEO CLEARED BY US ARMY. Video censurado por el Ejército. Era una manera de advertir a su público que estaban transmitiendo no aquello que tenía valor periodístico, sino sólo lo que la censura militar dejaba pasar.

Cuánta falta hace en nuestros días ese sentido del periodismo y ese compromiso con la verdad. Cuánta falta hace que la tecnología, tan competente para matar a distancia, nos ayude a tomar conciencia de que la guerra no es un juego que deba dejarse en manos de una docena de líderes empeñados en imponer su locura, a gente que ni la debe ni la teme.