PEREZ17102022

Tomás de Aquino. La ciencia ya no podía esperar
José Ángel Pérez

Monterrey.- Tomás de Aquino fue un teólogo y filósofo católico que vivió en el siglo XIII, una época dominada por la escolástica en Europa, una corriente filosófica que buscaba conciliar la fe y la razón. Aquino basó la escolástica en las ideas de Aristóteles, sosteniendo que las obras del filósofo griego eran compatibles con la fe católica.

Aquino vivió en Italia, cuatro siglos antes de Galileo, y su teología se alineaba con las ideas aristotélicas sobre el movimiento. Sin embargo, siglos después, tanto Galileo como Newton rechazaron estas ideas, ya que se convirtieron en obstáculos conceptuales para el nacimiento de la ciencia moderna.

En la época de Aquino, se creía que, para mantener un objeto en movimiento, como una carreta o un barco, era necesaria una fuerza constante. Para mover una roca, se requería empujarla o jalarla, y si no había una fuerza actuando, el objeto se detenía. Esta visión del movimiento reflejaba el pensamiento aristotélico-tomista, que observaba el mundo de manera superficial, limitándose a la observación directa, sin indagar en la esencia de los fenómenos. No se aplicaba el método experimental ni se modelaban las relaciones entre variables a través de las matemáticas.

Este enfoque presentaba un dilema para Aquino: observaba que el Sol "se movía" alrededor de la Tierra y volvía a su posición día tras día, al igual que la Luna orbitaba alrededor de la Tierra. Sin embargo, ¿cómo se movían estos cuerpos celestes sin una fuerza que los empujara, como el viento mueve los barcos o los bueyes arrastran las carretas? Aquino no dudó en afirmar que la mano que movía al Sol y a la Luna era "la mano de Dios".

Pasarían varios siglos antes de que Isaac Newton, apoyándose en las observaciones y trabajos de sus predecesores, presentara una nueva visión en su obra "Principia”. En ella formuló un Sistema del Mundo basado en sus tres leyes del movimiento y la Ley de la Gravitación Universal.

El error de Aquino y Aristóteles en el ámbito de la mecánica consistió en no reconocer la fricción como una fuerza que afecta el movimiento. La primera parte de la Primera Ley de Newton: “Un cuerpo en reposo permanece en reposo a menos que una fuerza actúe sobre él”, parecía acorde al sentido común: los objetos, como las piedras y los árboles, no se mueven si no se les aplica una fuerza. Sin embargo, la segunda parte de esta ley: “Un cuerpo en movimiento sigue desplazándose en línea recta con velocidad constante a menos que una fuerza actúe sobre él”, contradecía lo que parecía ser la experiencia cotidiana, ya que los objetos en movimiento solían detenerse si no se les aplicaba una fuerza constante.

El astronauta estadounidense Neil Armstrong, primer ser humano en pisar la Luna, tuvo la oportunidad de comprobar la Primera Ley de Newton: “...cerca de las 5:00 p.m. (hora de Houston) del 17 de julio de 1969, la nave espacial Apolo 11 se encontraba a poco menos de 48 mil kilómetros de la Luna en su viaje de regreso a la Tierra. En este punto del espacio, la fuerza de atracción de la Tierra anuló bruscamente la atracción igual y opuesta de la Luna sobre el Apolo 11” ¡y la nave se desplazaba con velocidad constante!

Ante el pensamiento aristotélico-tomista, las palabras de Brian L. Silver resuenan con fuerza: “Newton, con un puñado de sencillas leyes físicas, unió la Tierra y el paraíso, liberó la mente humana y arrolló sutilmente la fe.”

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