Monterrey.- Netflix y las redes sociales se han convertido en algo básico para sobrevivir en estos días de supuesta cuarentena, en los que todavía es común ver gente de todas las edades en tiendas.
El infierno de la familia
Tenemos dos alternativas: permanecer en casa turnándonos el baño (y averiguar así quién deja gotas de orines en el borde de la taza) o salir de vez en cuando a la Soriana que nos queda a unas calles.
Pero sabemos que en una de estas irremediablemente alguno de nosotros se contagiará y entonces regresará a casa para condenarnos.
Un estornudo o alguien que tosa y con eso bastará.
¿Quién de nosotros caerá primero en el hospital? ¿Habrá espacio para atendernos?
Le avientan a Sartre la frase de El infierno son los otros.
Mentira.
Maldita mentira.
En tiempos de cuarentena, el infierno somos nosotros.
Nadie sale vivo de aquí
Vivimos en la última casa en la salida de la ciudad. Nos da miedo ir al centro porque dicen que hay mucho contagio. Somos mi cuñada de 80, mi esposa de 68 y yo de 75. Los dos hijos de mi cuñada fueron asesinados por los malitos. Mi mujer y yo tenemos una hija que se casó con un comerciante de Mazatlán y se la llevó. A veces nos llama por teléfono.
La última vez nos dijo que no saliera.
Extraño a mis compadres. Extraño juntarme en la palabra de aquí en el río y tomarnos unas frías.
Ya estoy desesperado. Las dos mujeres se la pasan chismeando de familiares que no ven desde hace más de 20 años.
No soy un hombre muy bueno para algo, pero sí sacaba mi carabina para tumbar ardillas a los árboles.
Dicen que este virus lo trajo la gente de fueras y que ahora los de aquí ya se quieren salir para los ranchos y los ejidos.
Hoy, nomás que me almuerce mis gordas con frijoles, me pondré en el tejabán que está a la orilla de la carretera y le apuntaré como si fueran ardillas a los cabrones que pasen en sus carros.
Contigo a la distancia
Raúl: Hola, Pau. ¿Me pasas tu pack?
Paulina: Estás pendejo. A mí no me hables así, pendejo.
Raúl: Sorry. Es que me la he pasado encerrado en casa y ya estoy harto de ver tanto porno de mujeres que ni conozco.
Paulina: Pero se suponía que tú y yo somos amigos, culero.
Raúl. Lo sé, discúlpame. Y yo sé que a veces también nos hemos ido al motel y que sólo somos eso, amigos. Buenos amigos, te juro que lo sé. No te pedí el pack en mala onda. Ni siquiera sé si tienes fotos cachondas. Lo que pasa es que me siento bien pinche solo. No me quiero ver ojete mandándote una foto de mi pito. No quiero portarme mal contigo.
Paulina: ¿Entonces por qué escribes tan pendejo? Chingas a tu madre.
Raúl: Lo siento, al chile, perdóname. Chingado, es que no sé cómo decir estas cosas. Si pudiéramos salir igual y te invitaba unas cheves para agarrar el pedo a toda madre, te lo juro. Pero, pues no se puede. Y me siento solo.
Paulina: Yo también me siento bien sola. Extraño a mis amigas y no sabemos nada de mi hermana porque se fue escapó con su novio.
Raúl: Chingadamadre, Pau, cómo quisiera darte un pinche abrazo ahorita. Bien fuerte. Con un chingo de ganas.
Paulina: Yo también.