RODRIGUEZ29112024

Trump y la democracia en Estados Unidos
Edilberto Cervantes 

Monterrey.- Desde que se decidió el proceso electoral en Estados Unidos el año pasado, las opiniones en torno a Donald Trump y sus propuestas de gobierno han sido motivo de innumerables comentarios.

Una pregunta relevante es cómo es que el sistema político-electoral permitió la participación de una persona como Trump. El atentado en contra del Capitolio, cuando hace cuatro años fue electo Biden, se consideró la peor amenaza a las instituciones democráticas estadounidenses. Ahora Trump concede perdón a quienes participaron en ese evento, reconfirmando su involucramiento, como en su momento se señaló.

De acuerdo a Daron Acemoglu –premio Nobel de Economía 2024– la democracia americana se ha sustentado, desde tiempo atrás, en cuatro promesas: la prosperidad compartida, dar voz a los ciudadanos, el manejo experto del gobierno y proveer de servicios públicos efectivos.

Pero, dice Acemoglu, la democracia estadounidense, como las de otros países ricos (incluso países de ingresos medios) no ha satisfecho esas aspiraciones. Desde los años ochenta del siglo pasado la desigualdad se disparó y los salarios de los trabajadores que no tienen grado académico apenas si se han incrementado.

La desconfianza pública ante la forma en que se gobierna se agravó ante el manejó de la crisis de salud del COVID-19. Se han multiplicado reglamentaciones y dispositivos de seguridad y los servicios públicos son cada vez más ineficientes. No sólo se han incrementado los costos, sino que los procedimientos diseñados han provocado lentitud y retrasos en todo tipo de proyectos de infraestructura, así como también el deterioro en la calidad de otros servicios.

Las cuatro promesas o pilares de la democracia americana parecen haberse resquebrajado para muchos ciudadanos.

No obstante –plantea Acemoglu– la democracia norteamericana puede ser reconstruida y fortalecerse. Este proceso tendría que empezar enfocándose en la prosperidad compartida y en darle voz al ciudadano; lo que significa reducir el papel del “gran dinero” en la política.

Debido a que la democracia no puede separarse de la “expertise” tecnocrática, el manejo de los asuntos públicos debe despolitizarse. Los “expertos” del gobierno deben ser seleccionados con antecedentes sociales más amplios, no sólo en el gobierno federal sino en los niveles locales de la administración pública.

Nada de lo anterior es probable que suceda bajo la nueva administración Trump. En una amenaza tan obvia a la democracia, erosionará muchas instituciones críticas y normas en los próximos cuatro años.

En cuanto a las fuerzas políticas de centro-izquierda, deberían rescatar sus raíces de clase trabajadora.

Por su parte, el académico Branko Milanovic hace una descripción de lo que considera las partes constitutivas de la ideología de Trump:

Mercantilismo. Si uno cree que el comercio es una guerra por otros medios y que el principal rival de los Estados Unidos es China, una política mercantilista hacia China viene a ser una respuesta natural (esto mismo lo hizo Biden). Si China accede a vender menos y a comprar más, Trump estará contento.

Generar utilidades. Trump cree en el sector privado. Considera que es irracional imponer reglamentos, reglas o impuestos. Él nunca paga impuestos. Las regulaciones deberían simplificarse o ser eliminadas, así como reducir los impuestos. Así lo hicieron Reagan, Clinton y otros presidentes.

“Nacionalismo” antiinmigrante. En la población de los Estados Unidos hay una enorme heterogeneidad. A Trump simplemente no le gustan los nuevos inmigrantes; como está sucediendo en los países del norte de Europa: no es un asunto étnico ni racial.

Una nación egoísta. Si se combina el mercantilismo con el disgusto por los migrantes, se podrá entender mejor la política exterior de Trump. No desperdiciar dinero en gente y asuntos que nada tienen que ver con sus intereses.

A la luz de los principios mercantilistas Trump hará que los aliados de los Estados Unidos paguen mucho más por comerciar. La protección a los aliados ya no será gratuita. Y concluye: “No debiera uno olvidar que la Acrópolis (¿el Capitolio?) que admiramos fue construida con oro robado a los aliados”.

Se trata de un gobierno en manos de una oligarquía. No es un gobierno influido por los ricos, sino que son los más ricos ejerciendo el gobierno, según lo señaló el ahora ex presidente Biden.