Según de advierte, este sería el motivo principal tras votarse en comisiones algunas reformas al reglamento para el gobierno interior del Congreso, lo cual permitiría que los legisladores puedan legislar vía remota; como sucedió en los años recientes durante la pandemia.
Por tanto, de aprobarse los cambios, como elemento secundario (aunque quizá no tanto) se permitiría a los diputados votar en sesiones sin la necesidad de estar presentes; incluso si están realizando actividades electorales.
Un caso donde la expresión y la intención no suelen coincidir, por supuesto. Por tanto, no es un asunto de innovar los procesos legislativos e ir por el camino de la era digital, como mencionó Mauro Guerra, presidente del Congreso, sino un asunto electoral.
Anteriormente, en este espacio ya se ha hablado respecto a los problemas que pueden generarse en caso de abrir las puertas al voto electrónico; una de ellas sería el llamado «voto fantasma», es decir, que no se garantiza que quienes «opriman el botón» sean quienes realmente deben ser.
En ese sentido, no es correcto proponer un Congreso digital si los elementos de seguridad se obvian. Confiar en la tecnología puede llegar a ser un error. Pero, fuera de eso, si el asunto en realidad es dar luz verde para que los diputados puedan participar en asuntos electorales sin la necesidad de dejar su labor legislativa, entonces, el asunto se vuelve peor.
Y es peor porque, tal parece, los diputados no han entendido de qué va el Congreso. No se trata solo de votar iniciativas de reformas o crear nuevos ordenamientos, sino de discutir los puntos relevantes respecto a esas iniciativas y, en general, de la vida política del presente.
Permitir un Congreso digital escala las sospechas de cómo es el proceso de justificación de las decisiones legislativas, es decir, que el diputado es representante de un sector de la ciudadanía (distrito), mas no un representante de su partido, puesto que se pretende darle la oportunidad de no prestar atención y ausentarse de las discusiones que se llevan a cabo, aspecto que, de hecho, ya acontece. No son pocos los diputados que, durante sesión legislativa, se les ha visto realizar cualquier otra actividad.
Por tanto, plantearse un Congreso digital provocaría que las sesiones legislativas sean un paripé, donde la forma es más importante que el fondo.
Ahora, si estas objeciones no bastan, quizá la experiencia durante la pandemia de hace un par de años sea revelador, puesto que durante dos años el Congreso funcionó bajo el esquema que ahora se quiere normalizar. Sin embargo, poco o nulos fueron los cambios.
No hubo gran diferencia, puesto que los asuntos pendientes en comisiones y en pleno, siguieron aumentando. Por ningún motivo se aligeró la carga legislativa.
Por supuesto, si hubo beneficios, quizá solo hayan sido para los legisladores. Y eso es lo que se está proponiendo ahora.
Por todo, un Congreso digital no es viable. No solo por las razones expuestas, sino porque, por donde se mire, es una medida antipopular. Y, para estar seguros, sería bueno aprovechar la Ley de Participación Ciudadana y preguntar a la gente si está a favor o en contra.