Parménides de Elea decía que el movimiento no existe y que lo que experimentamos como tal, es sólo un engaño de los sentidos.
Cierto día, Zenón estaba en la plaza de Elea redactando la paradoja llamada paradoja de la dicotomía, que dice así: “Lo que se está moviendo debe llegar a la etapa intermedia antes de llegar a la meta”. Y lo argumentaba de esta forma:
Supóngase que Homero desea caminar hasta el final de un camino.
Antes de que pueda llegar allí, debe recorrer la mitad del camino.
Y antes de que pueda llegar a la mitad del camino, debe caminar una cuarta parte de este.
Y antes de recorrer una cuarta parte, debe completar una octava parte.
Y antes de la octava parte, una dieciseisava.
Y así indefinidamente.
Estaba el joven filósofo eleata dando los últimos toques a la paradoja referida, cuando se acerca su enamorada, y como Zenón ni caso le hacía por estar enfrascado en sus pensamientos filosóficos, ella misma toma la iniciativa y le pide que se le acerque y la bese. Cuentan que el joven filósofo, al escuchar tan osada proposición por parte de la dama, levanta la vista y le dice:
Lo que me pides es imposible debido a que, para recorrer la distancia que me separa de ti (d), tendría que recorrer, primero la mitad (d/2); y para recorrer esa mitad, tendré que recorrer la mitad de la mitad (d/4); para recorrer (d/4), primero debo recorrer la mitad de esa distancia ((d/8); después, la mitad de d/8, es decir (d/16) y así hasta el infinito. Por lo tanto, es imposible moverme hasta ti para besarte. Fue tanta la rabia de la joven, que se acercó y le propinó una sonora cachetada para demostrarle que el movimiento existe y se demuestra andando, como lo dijera tiempo después Diógenes el cínico.
El anterior relato me lo contó en mi juventud El Tigre de El Mezquital, que era un estudioso de la filosofía y las matemáticas y las aderezaba con simpáticas charlas como la que aquí les comparto.