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ROTAFOLIO
NARCOS Y FAMILIA: CÓDIGO VIOLENTADO
Javier Corral Jurado

Sólo esperaron a que la familia del marino que enfrentó a Arturo Beltrán Leyva, Melquisedet Angulo Parra, volviera a casa, tras su sepelio, para ejecutar la cobarde venganza. Se aseguraron que estuvieran reunidos los más miembros de la familia, y esperaron a que el dolor de la partida, el cansancio de la jornada tensa y acechada desde el inicio se juntara con el sueño. Ya dormidos, a las 00:05 horas del martes 22 de diciembre, fueron abatidos con ráfagas de R-15, la madre, dos de sus hermanos y una tía. Hirieron a otra hermana, que sigue grave.

Un día antes de que fuera ejecutada, la madre respondió con entereza a diversos reporteros preguntas sobre su hijo, de quien dijo estaba feliz con su trabajo en la marina, y tanto en el velatorio como en el sepelio, la señora trajo entre sus brazos una bandera nacional que, doblada, le entregaron los marinos compañeros de su hijo.

Al hecho lo precedió un manejo informativo de los medios de comunicación del estado de Tabasco que lindó en la irresponsabilidad. En cuanto se conoció el nombre y el origen del tercer maestre de las fuerzas especiales, cuerpo de élite de la armada, la prensa destacó al “héroe paraiseño” y desplegaron tal cobertura sobre su madre y su familia que no hubo duda para los sicarios del cártel de los Beltrán Leyva, que en Paraíso, Tabasco, no sólo se enterraba al héroe visible del golpe demoledor para la operación y funcionamiento de su empresa, sino que habitaba ahí - en la más modesta vivienda de ese pueblo -, un orgullo inadmisible en medio de la tragedia.

Y quien planeó esa artera ejecución múltiple, de tan alevosa forma como injusta revancha, tuvo plena conciencia de la magnitud de la irritación y la conmoción que suscitaría no sólo en el país, sino en el mundo la noticia. Si la muerte del “jefe de jefes” recorrió las primeras planas de la prensa internacional, así también tenía que correr la noticia de la venganza, atroz y despiadada, y así fue. La noticia de la familia ejecutada a sólo seis horas del sepelio del marino dio la vuelta al mundo y los principales portales de noticias (The New York Times, The Wall Street Journal, CNN, Los Angeles Times, El País, Le Monde Diplomatique) colocaron el hecho en sus páginas principales.

Fuera de los fríos cálculos con que las mafias del narcotráfico deciden eliminar personas todos los días, muy aparte de esa escalada de violencia en que las formas van siendo cada vez más sanguinarias y horrorizantes - también síntoma inequívoco de que se van sintiendo disminuídos y cercados -, la ejecución de la familia del marino Melquisedet rompe con toda regla, con todo código y con toda lógica del actual enfrentamiento entre las fuerzas del Estado que luchan contra el narcotráfico, y los cárteles que lo resisten. Ni en la guerra más despiadada se rompen ciertos códigos de respeto hacia las personas enemigas, y menos se atenta contra las familias.

Aunque este es el caso más despiadado hasta ahora registrado, es la tercera ocasión durante 2009 que la delincuencia organizada comete masacres de familias enteras y enluta hogares. El primer homicidio múltiple lo perpetraron “Los Zetas”, el 14 de febrero, en Montelargo, Macuspana, con 12 víctimas; el otro ocurrió el 14 de mayo, en La Piedra, Cunduacán, con ocho ejecutados. En ambos casos se trató de familiares de elementos de corporaciones que habían participado en operativos antinarco.

Los propios cárteles de la droga en México han insistido a través de las llamadas narco-mantas, dirigidas a las autoridades de distintos niveles, algunas directamente referidas al Presidente de la República, que se respete a sus familias pues éstas son inocentes de las actividades que realizan. Y en efecto, las penas no pueden ni deben ser trascendentes a familiares que no tengan participación alguna con el ilícito negocio de las drogas. Una de esas peculiares mantas apareció el año pasado aquí en Chihuahua, en una de las principales calles, y se sustentaba en “reglas” que a nivel internacional se aceptan en los conflictos bélicos. Y como la lucha contra el narcotráfico se ha convertido en una guerra, no es extraño que los propios narcos se acojan a los códigos de los conflictos armados. Lo trágico es que ellos mismos violenten esa norma, de tan ostensible como brutal manera.

¿Qué mensaje hay en esa ejecución múltiple que rompe con una regla sagrada?. Por supuesto infundir el terror entre la sociedad, provocar el miedo entre los miembros de las fuerzas armadas, inhibir y amedrentar la acción del Estado. Y en parte lo logra. Pero en este específico caso, por las modalidades y destinatarios, esa ejecución fue también una respuesta a la forma en que se mostró a la opinión pública el cadáver de Arturo Beltrán Leyva. Manipulado y vejado, sin necesidad alguna.

Cercado en un operativo preciso en el que participaron fundamentalmente miembros de la armada de México - y en cuyo éxito destaca el sigilo y la confidencialidad con la que se mantuvo la operación-, Arturo Beltrán Leyva tuvo la oportunidad de rendirse. Pero decidió resistir y enfrentar el avance de las fuerzas especiales, ya vencidas todas sus fuerzas de seguridad alrededor del lujoso fraccionamiento Altitude en Cuernavaca, Morelos. Los marinos habían superado con gran coordinación e inteligencia los dos anillos de sicarios que tenía alrededor del fraccionamiento.

Los cinco miembros de su escolta personal habían caído - dos de ellos en acciones suicidas -, y ya no le quedaba más que rendirse o intentar huír sin más posibilidad que la muerte. Optó por lo segundo, no obstante que para entonces ya también se le habían acabado las granadas de fragmentación con las que intentaron dispersar el cerco de las fuerzas especiales de la marina. Quedó abatido en la puerta de su departamento, intentando huír por el elevador.

Al caer Beltrán Leyva, el Estado mexicano asestó un duro golpe a las mafias del narcotráfico y demostró al mundo muchas cosas. De su poder y sus andanzas, dio cuenta en un reciente artículo el reconocido periodista, José Cárdenas: “El poder del capo era conocido desde Colombia hasta Estados Unidos. Junto con sus hermanos Mario Alberto, El General, Carlos y Héctor Alfredo, El Mochomo, fue responsable de traficar más de 200 toneladas de cocaína a la Unión Americana; controlaba contrabando de personas, lavado de dinero, extorsiones, secuestros y asesinatos por contrato o por venganza.

El Barbas estuvo alineado con El Chapo Guzmán. Hace cuatro años era la clave operativa del poderoso cártel de Sinaloa; se encargaba de las transacciones de droga y dinero; autorizaba sobornos a altos funcionarios y ordenaba los ajustes de cuentas. El Jefe de Jefes, como se le conocía a últimas fechas, se infiltró en las élites de las policías federales; desde 2006, hasta la ruptura con El Chapo, Arturo Beltrán Leyva y su clan eran parte de un núcleo autodenominado La Federación.

La guerra a muerte, con el cártel de Sinaloa, estalló con la captura de El Mochomo, el 20 de enero de 2008; pudo ser una traición de la gente de El Chapo. Morelos, Guerrero, el DF y otros seis estados se convirtieron en escenario de una sangrienta disputa territorial entre Guzmán Loera y los Beltrán Leyva, apoyados por Los Zetas. Cincuenta muertos en los últimos 90 días. Arturo era el líder operativo y su hermano Mario Alberto, el negociador; Sergio Villareal Barragán, El Grande, y Edgar Valdés Villarreal, La Barbie o El Tigrillo, estaban (¿?) encargados de reclutar sicarios”.

Además del descabezamiento principal a uno de los cárteles que operaba las más grandes empresas de narcotráfico en la mitad de los estados del país, también se demostró que sí se puede llegar hasta los capos mayores, y que ya es posible ejecutar operativos de esa dimensión sin que se filtre información que pasa por tantas manos. Ese es quizá el mayor logro, el saber que un plan de acción en el que intervinieron en su primera etapa más de cien personas, logra imponerse con la secrecía requerida. Se ha logrado decantar y consolidar - librando las más sofisticadas formas de infiltración que ya también aquejan al Ejército -, un cuerpo no sólo de élite en sus procedimientos, sino leal y confiable en sus acciones.

Pero alguien, y hasta ahora no se tiene identificado plenamente, decidió que esa batalla ganada por la armada de México, se inscribiera en una guerra vil y no en un combate frontal, que se saliera de los cauces del Estado de derecho y, en particular, de los derechos humanos. Porque fue precisamente, el o los que manipularon el cuerpo de Arturo Beltrán Leyva y luego lo fotografiaron, los que ensuciaron esa victoria de la legalidad sobre el crimen organizado. ¿Con esas intenciones lo hicieron?.

El Estado mexicano y sólo él, tiene todo el legítimo derecho de usar la fuerza de las armas en contra de los delincuentes que lo resisten y lo enfrentan, como los sicarios y capos del narcotráfico. Pero lo único que no puede hacer es cometer los excesos de sus enemigos, ni cruzar la legalidad en el uso de la fuerza pública, porque entonces deslegitima su actuación. De hecho la lucha contra el narco debiera regresar a un combate de las fuerzas del orden civil, para quitarle toda la significación violenta, belicosa, que tiene esta lucha a la que nos hemos acostumbrado a llamar “la guerra contra el narco”. Así planteada como una guerra, tiene los riesgos inexorables de abusos, excesos, como la violación a los derechos humanos, cuando se decide echar mano del Ejército, preparado y formado para otros avatares y rudezas, en la conciencia de una disciplina que se impone objetivos y no necesariamente cuida los medios.

Cuando vi las fotografías del cuerpo de Beltrán Leyva, pensé que alguien las había tomado con el ánimo de ridiculizar al capo acribillado, desnudo y ya inerme, cubierto de dólares, joyas, insignias religiosas, amuletos y hasta Euros que para nada le sirvieron en el minuto definitivo. Pensé que se enmarcaba en un ridículo trofeo de la guerra vil. Pero tras la ejecución múltiple de la familia del marino, el acto de fotografiarlo - presumiblemente llevado a cabo por personal forense -, tomó otra dimensión. Se quiso desatar la furia y lo lograron. Como siempre, los más pobres, los más inocentes, pagan las mayores consecuencias.

Quizá por el carácter sanguinario que imprimió a su organización, y por varias de las muertes de jefes policiacos y militares que se le adjudican, entre ellas la de Édgar Millán Gómez, coordinador de Seguridad Regional de la Policía Federal, el cuerpo de Beltrán Leyva quiso ser expuesto de tal manera; un escarnio adicional a su muerte por tantas que debía. Pero el único que no puede enfurecer es el Estado, porque se inicia una dinámica fuera de la ley, y ahí sí, se puede perder la batalla definitiva.

La lucha contra el narcotráfico tiene que revisarse, no detenerse. El uso del ejercito debe estar basado más en la inteligencia militar que en los desfiles continuos de las caravanas de soldados. El operativo de Cuernavaca así lo indica. Es hora de revisar los temas esenciales que involucran al negocio de las drogas, no sólo los de trasiego o distribución, sino los mismos del comercio y las prohibiciones absolutas que generan más problemas que el mal que se desea combatir. La revisión de esa estrategia debe considerar el ámbito internacional, y obligar a nuestros vecinos del norte a debatir responsablemente una acción global, o por lo menos, continental.

Por supuesto que, a los hechos que refiero, no busco hacerlos comparables, no lo son. La venganza a la familia del marino fue cobarde y deleznable; la exhibición del cadáver manipulado, es una acción de socavamiento del propio operativo llevada a cabo por personas que obviamente no eran parte de éste. Precisamente por ello, es muy importante que se investigue y se deslinde responsabilidades. Así como es imperativo que los culpables de la muerte de la madre, los hermanos y la tía del marino Melquisedet paguen por este crimen artero que nos confirma la falta de escrúpulos con los que opera el crimen organizado y, como lo expresó en sus condolencias el Presidente Felipe Calderón, debe “reforzarnos en el afán de desterrar al singular cáncer de la vida social”. Comparto ese empeño y ese afán, porque la estrategia es la convicción; también creo que es hora de replantear la táctica, y cuidar que los operativos se ciñan a la legalidad.

 

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