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949 14 Diciembre 2011

FRONTERA CRÓNICA
Peras al olmo del fut
J. R. M. Ávila

M
onterrey.-
Empecé a disfrutar el futbol cuando entré a la secundaria y recibí la primera recomendación del profe Paquito: usted se para aquí y al balón que le caiga le pega como si lo odiara. No fue difícil atender la recomendación, pero poco a poco me di cuenta de que el futbol no sólo era eso, y aprendí a apreciar el juego de otros compañeros de la secundaria.

A tanto llegó el gusto por jugar, que a veces no había balones y simulábamos un partido sin balón hasta que terminaba la clase de Educación Física. Es obvio que no estábamos locos. Sólo nos divertíamos jugando futbol.

Al poco tiempo me integré a un equipo del barrio y hasta patrocinadores tuvimos. En una temporada la mueblería René y en otra la mueblería Me-Ga, nos dotaron de balones, uniformes, tachones y arbitrajes. Sólo después, cuando ya la mayoría de los miembros del equipo trabajábamos, compramos uniformes y tachones a nuestro gusto.

Entrenábamos de lunes a viernes (lloviera, relampagueara, insolara o congelara), desde las cuatro de la tarde hasta que el balón ya no se distinguiera. El sábado era para ir al estadio, observar a nuestros jugadores favoritos, aprender de ellos e intentar emularlos el domingo en que  amanecíamos con el uniforme puesto, listos para colocar las redes en las porterías y pintar con cal las líneas del campo.

Jamás nos desgarramos el uniforme porque perdíamos. No importaba el resultado sino el disfrute del juego por el juego mismo. En el fondo, lo que hacíamos era mucho ejercicio teniendo el juego como pretexto.

Me retiré de los torneos de liga porque un domingo, cuando me cometieron una falta, me levanté lleno de furia y pisé a mi agresor. El árbitro ni se enteró. Yo estaba aturdido. Iba los domingos a jugar, no a lesionar. El disfrute de pronto se había esfumado. De manera que, al terminar el partido me acerqué a mi contrincante, le di la mano, me disculpé y, aunque él no supo de qué le hablaba, no volví a jugar en equipo alguno.

Sin embargo, mis hijos me regresaron al futbol, sobre todo cuando visitábamos a los abuelos. Así fue como terminé contagiándoles el gusto por jugar y, para bien o para mal, ver juegos y seguir al equipo Tigres, de la UANL.

Esto viene a cuento porque el domingo que este equipo se convirtió en campeón, después de casi treinta años de no haberlo sido, una avalancha de críticas en contra de los aficionados se dejó venir.

No niego la razón que tienen esas críticas. Sé que el futbol es un circo y un instrumento del poder para controlar y manipular a la gente. No tengo argumentos para negarlo. Es cierto que el futbol se ha convertido en negocio y no toda la gente que va a los estadios o sigue a los equipos por televisión, Internet o radio, practica futbol. También es cierto que mucha de esa gente se limita a consumirlo como si se tratase de un producto.

Pero es una lástima que a esa gente se le satanice, como si fuera culpable de que políticos grises quieran aparecer en la foto para promover su imagen o de que se valgan del juego para hacer creer a todo el mundo que aquí todo está muy bien o de que justifiquen crímenes ecológicos para construir estadios de futbol. Y lo más lamentable es que las críticas provengan de personas que jamás han jugado ni visto un juego de futbol ni han hecho algo por entenderlo.

¿Qué se espera, que la gente se avergüence de su gusto por el futbol? ¿Que se sienta prole por ello? ¿Que se menosprecie por no formar parte de un grupúsculo intelectual que todo lo sabe aunque a veces no todo lo entiende? ¿Que encuentre alegría en las diarias noticias de violencia, asesinatos, fraudes, injusticias, violaciones? ¿Que siga considerando que vive en un valle de lágrimas?

Si es así, pídanle mejor peras al olmo.

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La Quincena Nº92

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