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949 14 Diciembre 2011

El bombero que come Zucaritas
Juan Francisco Cedillo 

M
Cedilloonterrey.-
Ya con anterioridad, el autor ha abordado la temática en diferentes obras bajo distinta nomenclatura y temporalidad (Ordinaria locura, 2006 y Tour de saliva, en edición); en dichas publicaciones la prosa toma la batuta para señalar esas diferentes manifestaciones de la cultura a través de historias ajenas y mundanas. El texto contenido, revira con aguda conciencia hacia las diferentes formas y variantes que adquieren los símbolos para la cultura y vida de lo regional, de lo que acontece en la vida vuelta marginación existencial.

Las letras, rico campo para el cultivo de nuevas manifestaciones y percepciones de la cultura clásica y popular. Desde sus formas más simples hasta aquellas que merecen el análisis concienzudo de sus contenidos. Es en ella, donde las situaciones y eventos se vuelven resquicio de lo profundamente humano, por descarnado que éste sea.

La comprensión de sus líneas, en definitiva, se traducen, desembocan en la interpretación que las masas rehacen, en complicidad con el autor. Aunque es también la delgada línea que puede separar y desechar la psíquica unión que puede entrelazarse conforme se avanza en la lectura de cualquier texto.

El caso que hoy me ocupa, representa sin duda la conectividad de quien escribe con el que escucha a través de las líneas por medio de símbolos gramaticales precisos, llenos de matices que enarbolan la conceptualización regionalista de las diversas acciones de una sociedad que si bien se percibe con un alto contenido de moralidad, es también la sociedad que se aferra a la búsqueda de explicaciones tangibles para comprender su entorno socio/cultural. 

Los híbridos de El bombero que come Zucaritas, representan la idiosincrasia de los regiomontanos, de su cultura, con sus formas que van de lo estable a lo convulso; de la búsqueda de una identidad lejana que a la vez aparece al alcance a través de las líneas llenas de vida, con pulso propio.

Calabrese (1987) sostiene que la inestabilidad metamórfica es una morfología con especial relevancia en el punto de vista descentrado de la era neobarroca. La figura monstruosa se muestra entonces más allá de la norma, pues su irregularidad y desmesura la hace excedente o excesiva provocando percepciones enigmáticas y bimodales.

Parece ser que lo monstruoso se ha vuelto de ya una forma común de manifestar la inestabilidad social. Desde el momento en que los símbolos usados para la explicación de los hechos y aconteceres del ser humano se transforman en la vía común, las variabilidad de ellas, ha provocado una búsqueda de símbolos cada vez más complejos y a veces incomprensibles por su contenido mismo.

Umberto Eco, en Historia de la fealdad (2007), busca los monstruos que construyen famosas obras de El Greco, el Jesucristo de Mel Gibson y la recurrencia de ellos a dichos cánones para provocar la atracción. Esto no es nuevo, en 1853, Karl Rosenkranz “establece una analogía entre lo feo y el mal moral. Del mismo modo que el mal y el pecado se oponen al bien y son su infierno, así también lo feo es el infierno de lo bello”.

Habremos de ocuparnos de la monstruosidad y la trasformación. Parto del hecho, desde mi punto de vista, de que “las ideas y los conceptos por sí, exigen su complemento en pos del equilibrio”. Entonces ante el concepto de la monstruosidad, el reclamo de la estética que tirante, nos remite al análisis también del carácter de lo abstracto de aquello que percibimos como placentero, gozoso y satisfactorio.

Es así entonces que la armonía exigida por lo sustancialmente bien apreciado se convierte en el contexto de lo aceptado, bien visto y por tanto, bien valorado, aún sin saber si lo que se percibe entonces, es parte real o una mera ilusión por parte de quien, dispuesto por los sentidos, establece ya un vínculo directo con las manifestaciones artísticas de cualquier índole  (Figueroa Sánchez, 2008).

Un ejemplo de ello, es el plaquette de Gerson Gómez, El bombero que come Zucaritas (2011). En dicha obra, la fórmula utilizada por el autor, consiste en la presentación de pequeñas crónicas que plasman ágiles los andares de personajes cotidianos, quienes captados por la lente mental de alguien, fueron a parar a la caja de cereal, para acto seguido llevarlos directo a la memoria de una Acer portable en versión viajera.

Las diferentes apreciaciones hacia la estética en el arte, permiten una gran diversidad de campo, haciendo que cada sujeto, cada individuo, tenga permitido de forma muy personal, valorar el contenido de la obra para que ésta tome diferentes matices artísticos desde la psique del sujeto. Dice Eco “para entender los gustos de una época no es justo escuchar sólo a los filósofos. Es necesario entender qué significa fealdad para la gente común".

La relación entre lo monstruoso y lo normal, lo aceptable y lo horripilante, puede invertirse según la mirada de cada uno de nosotros, puede variar según el universo de significados que forman parte de nuestras significaciones de lo externo, como si sólo fuera eso. Cabe mencionar que Umberto Eco señala que la interpretación de los cánones de  belleza y fealdad no siempre debieran tomarse como modelos estables, sino permisibles de una serie de variantes conceptuales en relación con las épocas y las culturas.

Friedrich Nietzsche  (Figueroa Sánchez, 2008), en su obra El crepúsculo de los ídolos (Nietszche, 1888,1889), hace referencia de cómo aquellas especies que se consideran intelectualmente superiores, no necesariamente logran imponerse a los débiles, debido al número de estos últimos. Antepone la adhesión grupal como su principal arma de defensa ante quienes resultan intelectualmente más poderosos. En El bombero…, el autor describe de forma detallada cómo aquellos seres (sin mencionar cantidades de ellos), que detentan una ideología más popular, son poseedores de ciertas características que los hacen fuertes.

Para ello, El Maik, quien aunque cadavérico y de bigote ralo, se transforma en el super-hombre cuando es transportado por el autor a sus años mozos. Este personaje posee características de las grandes masas, de los desposeídos, de los que se cuentan por montones en las colonias de arrabal. Lo ubica en las colonias bravas, llenas de reproches hacia la vida porque se carece de lo más elemental. Igual que a Las Golfitronics, lo vuelve manso, lo estabiliza después de haberlo llevado a dar un paseo por lo inmoral y grotesco de su conducta que le atribuye valores negativos de lo feo y malo, para luego ubicarlo en lo bueno por sus acciones actuales.

Gerson Gómez retoma signos referentes de la sociedad en cuestión, de carácter regional, los cuales son llevados a la masa por medio de términos claros, y nada rebuscados que sin embargo, no por el hecho de tener una sencillez inusitada, se tornan en profundos al momento de ser analizados con seriedad.

Los vocablos y expresiones de los cuales se sirve para su escritura, ubican al lector en el momento justo del suceso, por crudo e irreverente que parezca. Es ahí donde la particularidad de su lenguaje nos lleva hacia una línea de percepción y abstracción del carácter estético del mismo. Si bien la percepción de lo bello reside en la valoración de aquello que se instaura en los cánones de la moralidad, sin embargo, esta postura de limitación se vuelve ingenua cuando la aportación literaria del plaquette obedece a un carácter más profundo, mordaz y certero. Muy probablemente el contenido de El bombero… se contrapone a lo primero, a lo moral, volviéndose monstruoso, para luego, con misericordia, retomar el carácter bondadoso de cualquier protagonista de sus escritos.

Para muestra, Las Golfitronics, donde los personajes principales gozan de infatigable ligereza moral que las transporta por los suculentos placeres de lo mundano, hasta volverse obsceno, aun y cuando el soporte que proporciona la preparación académica está allí. Cabe mencionar que dichos personajes se transforman, de ser seres depositarios de deseos y carnalidad para el hombre promedio, aparece el lado ético y por tanto positivo al ser depositarias de ciertas actitudes bondadosas, vierten su tiempo también en hacer el bien, según comenta el autor, por medio de la presencia en las misiones religiosas.

Ya ahí, ante la indefensión proporcionada por el dogma, se vuelven objeto  de placer para unos músicos uruguayos. La mujer sumisa/bondadosa aparece por vez primera y única, aunque determinante, que acaba transformándolas en seres solitarios, abandonados y por tanto, indefensos/buenos.

Estas formas analógicas de cierta forma compartidas también en los personajes de Independent Day in Monterrey, donde el bardo/pasional y eufórico, contrasta con las formas inocentes de los anfitriones, que burlados por la picardía mordaz de los excéntricos invitados, se vuelven decadentes por su tendencia disfórica.

 

El bombero que come Zucaritas. Gerson Gómez, Serie Pura Fichita Nuevo León. Colección Lengua de Camaleón, 2011. Universidad de Sonora.

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La Quincena Nº92

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